“Hoy me he enterado de que Soledad se fue ayer de Madrid para una ausencia de varios días. He tenido al punto la sensación de que Madrid se quedaba vacío y como exangüe [desfallecido]. ¡Una impresión que han sentido todos los enamorados del mundo, pero no por eso menos extraña! Madrid sigue igual, con sus mismas plazas y calles, el mismo rumor de tranvías y bocinas, la misma gente y el mismo tráfago [tráfico]; los mismos árboles en los jardines, y sobre los tejados, el mismo tránsito de nubes blancas y redondas que ayer y anteayer. Sin embargo, todo eso parece haberse vaciado de sí mismo y conservar sólo su exterior, su careta. Lo que han perdido es una peculiar dimensión de realidad: perduran ante mis ojos y oídos; pero han dejado de existir para mi interés.
Ahora noto hasta que punto mi amor a Soledad irradiaba sobre toda la ciudad y toda mi vida en ella. Ahora advierto que aun las cosas más remotas, que menos parecían tener que ver con Soledad, habían adquirido una cualidad suplementaria en relación con ella, y que esa cualidad era para mí lo decisivo en cada una”.
Los mismos atributos geométricos, topográficos, de Madrid han perdido vigencia. Y es que hasta la geometría sólo es real cuando es sentimental. Antes tenía para mí esta ciudad un centro y una periferia. El centro era la casa de Soledad; la periferia, todos aquellos sitios donde soledad nunca aparece… Unas cosas estaban cerca y otras distantes, según la distancia del lugar donde yo esperaba ver a la dulce criatura… Cuando yo estaba seguro de que iba a hallar en algún punto a Soledad, un camino largo hasta ella era para mí la más corta distancia, y en cambio un breve trecho recorrido sin esperanza de hallar a su cabo la suave piel mate de Soledad era una distancia interplanetaria.
Asimismo, las personas se me presentaban con un perfil minuciosamente diferenciado, consistente en una línea expresiva de su relación con Soledad. Este era su amigo, y acaso venía de verla, lo cual le dotaba ante mis ojos de un divino prestigio, que casi se concretaba con una extraña aura o luz dorada en torno a su persona. Aquél me ha hablado una vez de ella; por tanto, existe en él su imagen, y le veo pasar siempre como un ser ungido, como un bajel [barco] que llevase en la bodega una reliquia irradiando taumaturgia [magia]. Esta mujer es la que me encuentro en tal calle cuando voy a ver a Soledad, y aquella veranea en la misma población o tiene un sombrero parecido. ¡Este dulce drama de circuito corto, que nos proporcionan las mujeres parecidas, sobre todo de espaldas, a la mujer que amamos! “¡Parece que es ella!”, y nuestro corazón da un brinco… Pero no; fue un error, es otra, y hay que ir dando salida poco a poco, en pura pérdida, a la fluencia sentimental que habíamos acumulado, como hace el freno de vapor en los trenes.
Imposible enumerar la variadísima cantidad de notas, matices y emblemas que sobre personas innumerables arroja como reflejos el solo ser de Soledad.
Ahora percibo hasta que punto era el centro auténtico de gravitación a que todas las cosas se inclinaban, el centro de su realidad para mí. Y yo me orientaba materialmente, sin necesidad de señales externas, por más o menos de tensión íntima que en mí hallaba. Al andar sabía si mis pasos me llevaban hacia ella o me alejaban, como la piedra, sin ojos, debe sentir en el aire su curva trayectoria al sentir la atracción de la tierra que tira más o menos de su materia.
Viceversa: la ciudad donde sé que está ahora ―ayer indiferente― comienza a adquirir el más sugestivo modelado. Es un esquema cuyas líneas comenzasen a palpitar. Es una estatua de sal que volviese a ser de carne. Todo, en fin, parece trastocar su ordenación e irse articulando en el sentido y bajo el influjo del nuevo centro geométrico de atracción sentimental…”
Ahora noto hasta que punto mi amor a Soledad irradiaba sobre toda la ciudad y toda mi vida en ella. Ahora advierto que aun las cosas más remotas, que menos parecían tener que ver con Soledad, habían adquirido una cualidad suplementaria en relación con ella, y que esa cualidad era para mí lo decisivo en cada una”.
Los mismos atributos geométricos, topográficos, de Madrid han perdido vigencia. Y es que hasta la geometría sólo es real cuando es sentimental. Antes tenía para mí esta ciudad un centro y una periferia. El centro era la casa de Soledad; la periferia, todos aquellos sitios donde soledad nunca aparece… Unas cosas estaban cerca y otras distantes, según la distancia del lugar donde yo esperaba ver a la dulce criatura… Cuando yo estaba seguro de que iba a hallar en algún punto a Soledad, un camino largo hasta ella era para mí la más corta distancia, y en cambio un breve trecho recorrido sin esperanza de hallar a su cabo la suave piel mate de Soledad era una distancia interplanetaria.
Asimismo, las personas se me presentaban con un perfil minuciosamente diferenciado, consistente en una línea expresiva de su relación con Soledad. Este era su amigo, y acaso venía de verla, lo cual le dotaba ante mis ojos de un divino prestigio, que casi se concretaba con una extraña aura o luz dorada en torno a su persona. Aquél me ha hablado una vez de ella; por tanto, existe en él su imagen, y le veo pasar siempre como un ser ungido, como un bajel [barco] que llevase en la bodega una reliquia irradiando taumaturgia [magia]. Esta mujer es la que me encuentro en tal calle cuando voy a ver a Soledad, y aquella veranea en la misma población o tiene un sombrero parecido. ¡Este dulce drama de circuito corto, que nos proporcionan las mujeres parecidas, sobre todo de espaldas, a la mujer que amamos! “¡Parece que es ella!”, y nuestro corazón da un brinco… Pero no; fue un error, es otra, y hay que ir dando salida poco a poco, en pura pérdida, a la fluencia sentimental que habíamos acumulado, como hace el freno de vapor en los trenes.
Imposible enumerar la variadísima cantidad de notas, matices y emblemas que sobre personas innumerables arroja como reflejos el solo ser de Soledad.
Ahora percibo hasta que punto era el centro auténtico de gravitación a que todas las cosas se inclinaban, el centro de su realidad para mí. Y yo me orientaba materialmente, sin necesidad de señales externas, por más o menos de tensión íntima que en mí hallaba. Al andar sabía si mis pasos me llevaban hacia ella o me alejaban, como la piedra, sin ojos, debe sentir en el aire su curva trayectoria al sentir la atracción de la tierra que tira más o menos de su materia.
Viceversa: la ciudad donde sé que está ahora ―ayer indiferente― comienza a adquirir el más sugestivo modelado. Es un esquema cuyas líneas comenzasen a palpitar. Es una estatua de sal que volviese a ser de carne. Todo, en fin, parece trastocar su ordenación e irse articulando en el sentido y bajo el influjo del nuevo centro geométrico de atracción sentimental…”
Ortega y Gasset, José, “Vitalidad, Alma y Espíritu”, en Obras Completas Tomo II, Alianza Editorial, Madrid, 1983, p. 471-472.


4 comentarios:
Soledad: tan diversa y dispersa, soprende su grandeza.... notamos con extrañeza lo que nos devela.
Soledad, acompaña... cada vez que decidimos compartir con ella nuestro espacio....
Me gustó mucho ése libro...sobre todo cuando en tu casa me leíste ésta parte sentados en el sillón...te puse tanta atención...
=)
¿Está el artículo completo? Es que llevo buscándolo mucho tiempo
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