LA CHICA DE LO AUDÍFONOS
En Buenos Aires
La vi en Buenos Aires, iba caminando por la calle Alvear en dirección a la feria de la Recoleta. Tenía un hermoso pelo negro rizado que atrapaba con un pañuelo azul, que combinaba perfectamente con su ropa. Piel blanca y suave a la vista. Llevaba puesto unos audífonos y en sus orejas dos aretes de rosacrocita. Sobre su hombre derecho colgaba un bolso que tenía los colores del arco iris. Iba algo distraída observando la arquitectura francesa. Yo la vi desde lejos. Me pareció un ángel que iluminaba la ya iluminada calle Alvear.
Yo iba caminado por la misma acera que ella, pero en sentido contrario. También iba distraído, pero no por la arquitectura francesa, sino por su sonrisa. Cuando ella empezaba a acercarse al área chica de mis emociones, me atreví a susurrarle: “Que Bonita sonrisa, me la prestas para adornarme con ella la boca”.
No sé muy bien si me escuchó, pero me sonrió. Yo la miraba mientras me ahogaba en el mar de miel de sus ojos. Ella siguió su camino sin percatarse de los latidos de mi corazón. Me di vuelta para mirarla, y vi que tenía tatuada dos pequeñas alitas en la espalda. ¡Debía ser un ángel pensé! Ella siguió sin voltear la mirada. En la esquina la esperaba alguien que enseguida la abrazó. Siguieron juntos por la calle hasta perderse. Luego yo me volteé para seguir mi camino, y también me perdí…
La culpa es del destino
Pasaron meses desde aquel día de verano en Buenos Aires. Por ello no dejó de extrañarme cuando la vi en mi ciudad. Debo afirmar con rotundidad que encontrarla no fue mi culpa, fue más bien culpa del destino. Ella seguía luciendo tan hermosa y radiante como la última vez que la vi. Caminaba tranquila con tus audífonos, su bolso y su delicado vaivén al caminar. Por eso me decidí a bautizarla: “la chica de los audífonos”.
Me gustó desde que la vi, no sé muy bien el porqué, creo que en otra vida tuvimos algo. En fin. La cosa es que la vi otra vez, y ahora sí me armé de valor para hablarle. Me acerque a ella y le dije muchas cosas. Algunas graciosas, otras un tanto superficiales, menos mi pregunta: "Quieres ser mi amiga". Quería ser su amigo, o más bien quería conocerla más y tener la oportunidad de acercarme a ella.
Yo en ese entonces no conocía casi nada de ella, ahora mi situación no es mejor. Aunque algo me queda claro con absoluta certeza: ¡este extraño sentimiento de dependencia, esta extrañeza de extrañarle!
A veces en la calle se aparecía en otra crespa con audífonos, que de espalda, y mediando la distancia, hacía que mi estómago diera un brinco. Pero lamentablemente no eras ella. ¿Dónde estarás? Me preguntaba mientras repetía su nombre como un mantra: Carla, Carla. Con ello quería intentar que la fuerza de la psico-magia la trajera hasta aquí. Solamente espero que te acuerdes de mí querida Carla, pensaba mientras caminaba a mi trabajo. Llevaba la cabeza en tus ojos mientras el mundo pasaba distante y sin interesarme: rostros, voces, movimientos; alguien me saludaba, le devolvía el saludos y seguía pensando en ti. Pienso y pienso, pero esta rutina no calma esta sed de encontrarla…
Jaque
Después de un tiempo tuvimos algo. Pero se fue. Sin embargo, un día la encontré en la calle. Ella iba vestida de negro, y yo de blanco, lo que me dio oportunidad para decirte: “Tú juegas con la negras, yo con las blancas...” “Te tengo en jaque”. Le toque el brazo para ver si era real; para ver si no era un sueño. Y efectivamente existía, aunque lejos de la frontera de lo posible. Hubiera preferido decirle:
"Me duele tanto perderte
Sin haberte tenido
Es tan frío el olvido
Y estas ganas de verte
Mis besos inertes
Que no llegan a tu boca
Y este abrazo de muerte
Debajo de mi ropa"
No obstante, guardé silencio. Preferí irme. ¿Para qué decirle lo que ya sabía? Sin embargo, cuando mi pupila soltó definidamente su imagen pensaba en lo que no dije, en lo que no hice. ¡Pensar que todos estos días los hubiera pasado ella! Pero recordé su abandono, y lo mal que me hizo sentir. Debo confesar que en algunos momentos llegué a odiarla. Pero también la comprendía, porque en el fondo la quería ¿Cómo podría odiarla realmente? Tantos sentimientos encontrados.
Algunas veces sin querer la veía pasando por la calle ¡al lado de la mía! Y ni siquiera lanzaba una miraba a mi vereda. Ni siquiera un gesto. Yo pensaba ¿se acordará? Cuantas veces esperé un mensaje, como un naufrago a la orilla de su playa. Pero nada. Las únicas botellas que llegaban a mi playa eran las que me bebía recordándole. Y pensaba, quizás este dolor es compartido, y a ella le duele tanto como a mí. Pero ella tenía tus propias tácticas y estrategias, mucho más refinadas que las mías. Las mías eran mucho más burdas: sufrir hasta olvidarla.
Pasaban tantas, tantas cosas por mi cabeza, mientras seguía subiendo la cuesta del olvido. Y créanme ¡cuesta!
Yo no sé si verla en carne y hueso me habría dado alegría. No lo sé. Sólo sé que siempre la imaginaba. Pero ya saben, las imágenes sólo se ven, no pueden respirarse. No obstante terminé imaginándome un mundo con ella. Un mundo en que nuestros corazones coincidían.
Adiós
No sé si fue un sueño o realmente la volví a encontrar. El caso es que se supone que la esperé un día a la salida de su trabajo para entregarle algo. Esto fue lo que ocurrió:
Carla: -¡Uyyyy!, ¿y tú? ¿De dónde apareciste? Casi me da un ataque al corazón.
Yo: - Para eso tendrías que empezar por tener corazón. Disculpa por mi sarcasmo, pero fue lo único que me dejaste cuando te fuiste. Así que desde ese día me acompaña a donde voy. Otra vez disculpa.
Carla: - No te preocupes, ¿pero cómo has estado? Tanto tiempo sin verte.
Yo: - Lo dices con un tono que hasta parece que verdaderamente te importara saberlo. Pero no te preocupes, sólo soy un recuerdo que te recuerda. Tú ya tejiste la manta de olvido con la que te cubres. Yo en cambio sigo con insomnio de olvidarte. Simplemente venía a entregarte esto y me voy.
Carla: - ¿Pero por qué dices eso? Realmente estaba preocupada por ti.
Yo: - Es que no se notó mucho, pues cortabas el teléfono cuando te llamaba, no contestabas mis correos, ni mis mensajes, nunca me llamaste, ni escribiste, ni nada. Por ello, me surgieron algunas pequeñas dudas respecto a tu preocupación. Pero claro está, dudas infundadas. Disculpa, no puedo evitar el sarcasmo.
Carla: - ¡Pero qué quieres que hiciera, tú sabías que estaba comprometida! No podía buscarte más. Debía terminar de una vez por todas con nuestra relación.
Yo: - ¿Relación? Por lo menos le das un nombre. Nunca supe realmente lo que fuimos, y menos lo que yo fui para ti.
Carla: - Bueno eso ahora ya no importa. Lo único que importa es que estás bien.
Yo: ¡Bien! ¿Bien? Claro, muy bien. Las flores me sonríen cuando paso por su lado. Los pajaritos me despiertan con sus trinos en la mañana. Los…
Carla: - Insistes con tus sarcasmos.
Yo: - Disculpa. Disculpa. Como te dije sólo venía a dejarte esto. Era lo único que me quedaba de ti. Así se me terminarán las excusas para buscarte.
Carla: - No debiste molestarte.
Yo: - Tenía que molestarme. Tus recuerdos me hieren. Aunque cuando te fuiste guardé el vaso donde tomaste agua, hasta que el agua se puso verde. No podía lavarlo, pues tenía la huella dactilar de tu beso. Pero ya ves, ahora prefiero no guardar ningún recuerdo tuyo.
Carla: - Bueno, me tengo que ir.
Yo: - Como siempre. Siempre te tenías que ir, y ahora no es la excepción, aunque sabes que ya no nos volveremos a ver más. Sabes, antes de irte quería decirte que:
“Tú te quedas con él
y él pensará que te gana
pero no te llevarás
ni te llevaste
los orgasmos que dejaste
en mi cama”.
Carla: - ¡Ya… basta! Suficiente! me tengo ir…
Yo: - Bueno… ándate.
El Adiós definitivo
Gracias por acudir a la cita. Pensé que no te ibas a juntar conmigo, pues como no me contestabas el teléfono creí que te habías arrepentido. Pero no, me equivoque, ¡que bueno! Al principio estaba ansioso por el encuentro. De repente llegaste. Eras tú, en cuerpo y alma. Eras tú la que tanto quise, aquella por la que me consumí lentamente. La que no veía desde hace mucho tiempo. Llegaste, te abracé, y mis brazos recordaron tu cuerpo. ¿Dónde vamos? Te pregunté. Era curioso hace tanto tiempo que no te veía, pero parecía que te había visto hace poco. ¿Sería por tanta vida compartida? ¿Sería porque te quise demasiado? No lo sé. La cosa es que no sabía muy bien que decirte, no atinaba. Pero hablaba para que no te aburrieras. Sin embargo, no sabía si mi verborrea te aburriría más todavía que mi silencio.
Quise llevarte al restorán más bonito que quedara cerca de tu casa. De repente estabas sentaba frente a mí comiendo sushi y poniendo caras extrañas por el sabor, sobre todo cuando comiste los pétalos de jengibre. Me dio alegría, porque igual te reías. Y a pesar de tus reclamos creí que la estabas pasando bien. Me insistías en que te hablara, pero yo no sabía que decir. ¿Y qué te podía decir? Pensé en preguntarte porque te fuiste la última vez. Pero para qué… ya no tiene asunto. O decirte: estás tan hermosa como siempre. Si ya lo sabes, siempre has sabido que eres hermosa. O preguntarte ¿estás con alguien? ¿Estás enamorada? La verdad prefiero no saberlo. O contarte que cuando te fuiste anduve triste mucho tiempo, tanto que se notaba en mi ropa: siempre de gris. Para que contarte eso. Era mi pena. Sólo mía. Por eso solamente hablaba de cosas que seguramente no te interesaban.
Bueno el sushi no te gustó mucho, al jugo de frutas le faltaba azúcar, pero el kisch te gustó, aunque lo encontraste seco. Siempre reclamabas, esta no fue la excepción. Pero me hizo gracia. Te quisiste ir. Te llamaron al celular. Yo respeté tu decisión. A fuera la noche estaba tibia. Muy adecuada para caminar. En ese trecho no hablaba, mientras me acordaba de los días en que salíamos a caminar. Esos fueron muy buenos momentos. Me vino una nostalgia que pensaba que ya no existía. Por eso simplemente preferí guardar silencio. El camino se hizo demasiado corto hacia tu casa. En la esquina te despediste. Te di un abrazo, un abrazo que intenté llevarme conmigo. Pensaba mientras te abrazaba que quizás no te volvería a ver nunca más… Te fuiste segura, te despediste alegre. Yo sentí pena, debo ser sincero. Pero no te la mostré. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido, que quedó, sin quererlo, esta nostalgia.
Caminaste segura, me volteé para ver como te perdías. Te perdiste y yo otra vez recordé lo mucho que perdí cuando te fuiste…
Una sorpresa
Desde ese tiempo a esta parte ya sólo te veía en mis sueños. Ya casi se había oxidado el recuerdo de tu cuerpo. Pero un día en Atocha yo miraba las escaleras esperando ver a alguien conocido, cuya compañía iluminara la pereza oscura de esas horas. Y por sorpresa apareciste. Salí a tu encuentro y te dije: ¡Qué hace aquí en Madrid! Y antes de que contestarás te dije: No me digas nada. Sólo déjame abrazarte...
En Buenos Aires
La vi en Buenos Aires, iba caminando por la calle Alvear en dirección a la feria de la Recoleta. Tenía un hermoso pelo negro rizado que atrapaba con un pañuelo azul, que combinaba perfectamente con su ropa. Piel blanca y suave a la vista. Llevaba puesto unos audífonos y en sus orejas dos aretes de rosacrocita. Sobre su hombre derecho colgaba un bolso que tenía los colores del arco iris. Iba algo distraída observando la arquitectura francesa. Yo la vi desde lejos. Me pareció un ángel que iluminaba la ya iluminada calle Alvear.
Yo iba caminado por la misma acera que ella, pero en sentido contrario. También iba distraído, pero no por la arquitectura francesa, sino por su sonrisa. Cuando ella empezaba a acercarse al área chica de mis emociones, me atreví a susurrarle: “Que Bonita sonrisa, me la prestas para adornarme con ella la boca”.
No sé muy bien si me escuchó, pero me sonrió. Yo la miraba mientras me ahogaba en el mar de miel de sus ojos. Ella siguió su camino sin percatarse de los latidos de mi corazón. Me di vuelta para mirarla, y vi que tenía tatuada dos pequeñas alitas en la espalda. ¡Debía ser un ángel pensé! Ella siguió sin voltear la mirada. En la esquina la esperaba alguien que enseguida la abrazó. Siguieron juntos por la calle hasta perderse. Luego yo me volteé para seguir mi camino, y también me perdí…
La culpa es del destino
Pasaron meses desde aquel día de verano en Buenos Aires. Por ello no dejó de extrañarme cuando la vi en mi ciudad. Debo afirmar con rotundidad que encontrarla no fue mi culpa, fue más bien culpa del destino. Ella seguía luciendo tan hermosa y radiante como la última vez que la vi. Caminaba tranquila con tus audífonos, su bolso y su delicado vaivén al caminar. Por eso me decidí a bautizarla: “la chica de los audífonos”.
Me gustó desde que la vi, no sé muy bien el porqué, creo que en otra vida tuvimos algo. En fin. La cosa es que la vi otra vez, y ahora sí me armé de valor para hablarle. Me acerque a ella y le dije muchas cosas. Algunas graciosas, otras un tanto superficiales, menos mi pregunta: "Quieres ser mi amiga". Quería ser su amigo, o más bien quería conocerla más y tener la oportunidad de acercarme a ella.
Yo en ese entonces no conocía casi nada de ella, ahora mi situación no es mejor. Aunque algo me queda claro con absoluta certeza: ¡este extraño sentimiento de dependencia, esta extrañeza de extrañarle!
A veces en la calle se aparecía en otra crespa con audífonos, que de espalda, y mediando la distancia, hacía que mi estómago diera un brinco. Pero lamentablemente no eras ella. ¿Dónde estarás? Me preguntaba mientras repetía su nombre como un mantra: Carla, Carla. Con ello quería intentar que la fuerza de la psico-magia la trajera hasta aquí. Solamente espero que te acuerdes de mí querida Carla, pensaba mientras caminaba a mi trabajo. Llevaba la cabeza en tus ojos mientras el mundo pasaba distante y sin interesarme: rostros, voces, movimientos; alguien me saludaba, le devolvía el saludos y seguía pensando en ti. Pienso y pienso, pero esta rutina no calma esta sed de encontrarla…
Jaque
Después de un tiempo tuvimos algo. Pero se fue. Sin embargo, un día la encontré en la calle. Ella iba vestida de negro, y yo de blanco, lo que me dio oportunidad para decirte: “Tú juegas con la negras, yo con las blancas...” “Te tengo en jaque”. Le toque el brazo para ver si era real; para ver si no era un sueño. Y efectivamente existía, aunque lejos de la frontera de lo posible. Hubiera preferido decirle:
"Me duele tanto perderte
Sin haberte tenido
Es tan frío el olvido
Y estas ganas de verte
Mis besos inertes
Que no llegan a tu boca
Y este abrazo de muerte
Debajo de mi ropa"
No obstante, guardé silencio. Preferí irme. ¿Para qué decirle lo que ya sabía? Sin embargo, cuando mi pupila soltó definidamente su imagen pensaba en lo que no dije, en lo que no hice. ¡Pensar que todos estos días los hubiera pasado ella! Pero recordé su abandono, y lo mal que me hizo sentir. Debo confesar que en algunos momentos llegué a odiarla. Pero también la comprendía, porque en el fondo la quería ¿Cómo podría odiarla realmente? Tantos sentimientos encontrados.
Algunas veces sin querer la veía pasando por la calle ¡al lado de la mía! Y ni siquiera lanzaba una miraba a mi vereda. Ni siquiera un gesto. Yo pensaba ¿se acordará? Cuantas veces esperé un mensaje, como un naufrago a la orilla de su playa. Pero nada. Las únicas botellas que llegaban a mi playa eran las que me bebía recordándole. Y pensaba, quizás este dolor es compartido, y a ella le duele tanto como a mí. Pero ella tenía tus propias tácticas y estrategias, mucho más refinadas que las mías. Las mías eran mucho más burdas: sufrir hasta olvidarla.
Pasaban tantas, tantas cosas por mi cabeza, mientras seguía subiendo la cuesta del olvido. Y créanme ¡cuesta!
Yo no sé si verla en carne y hueso me habría dado alegría. No lo sé. Sólo sé que siempre la imaginaba. Pero ya saben, las imágenes sólo se ven, no pueden respirarse. No obstante terminé imaginándome un mundo con ella. Un mundo en que nuestros corazones coincidían.
Adiós
No sé si fue un sueño o realmente la volví a encontrar. El caso es que se supone que la esperé un día a la salida de su trabajo para entregarle algo. Esto fue lo que ocurrió:
Carla: -¡Uyyyy!, ¿y tú? ¿De dónde apareciste? Casi me da un ataque al corazón.
Yo: - Para eso tendrías que empezar por tener corazón. Disculpa por mi sarcasmo, pero fue lo único que me dejaste cuando te fuiste. Así que desde ese día me acompaña a donde voy. Otra vez disculpa.
Carla: - No te preocupes, ¿pero cómo has estado? Tanto tiempo sin verte.
Yo: - Lo dices con un tono que hasta parece que verdaderamente te importara saberlo. Pero no te preocupes, sólo soy un recuerdo que te recuerda. Tú ya tejiste la manta de olvido con la que te cubres. Yo en cambio sigo con insomnio de olvidarte. Simplemente venía a entregarte esto y me voy.
Carla: - ¿Pero por qué dices eso? Realmente estaba preocupada por ti.
Yo: - Es que no se notó mucho, pues cortabas el teléfono cuando te llamaba, no contestabas mis correos, ni mis mensajes, nunca me llamaste, ni escribiste, ni nada. Por ello, me surgieron algunas pequeñas dudas respecto a tu preocupación. Pero claro está, dudas infundadas. Disculpa, no puedo evitar el sarcasmo.
Carla: - ¡Pero qué quieres que hiciera, tú sabías que estaba comprometida! No podía buscarte más. Debía terminar de una vez por todas con nuestra relación.
Yo: - ¿Relación? Por lo menos le das un nombre. Nunca supe realmente lo que fuimos, y menos lo que yo fui para ti.
Carla: - Bueno eso ahora ya no importa. Lo único que importa es que estás bien.
Yo: ¡Bien! ¿Bien? Claro, muy bien. Las flores me sonríen cuando paso por su lado. Los pajaritos me despiertan con sus trinos en la mañana. Los…
Carla: - Insistes con tus sarcasmos.
Yo: - Disculpa. Disculpa. Como te dije sólo venía a dejarte esto. Era lo único que me quedaba de ti. Así se me terminarán las excusas para buscarte.
Carla: - No debiste molestarte.
Yo: - Tenía que molestarme. Tus recuerdos me hieren. Aunque cuando te fuiste guardé el vaso donde tomaste agua, hasta que el agua se puso verde. No podía lavarlo, pues tenía la huella dactilar de tu beso. Pero ya ves, ahora prefiero no guardar ningún recuerdo tuyo.
Carla: - Bueno, me tengo que ir.
Yo: - Como siempre. Siempre te tenías que ir, y ahora no es la excepción, aunque sabes que ya no nos volveremos a ver más. Sabes, antes de irte quería decirte que:
“Tú te quedas con él
y él pensará que te gana
pero no te llevarás
ni te llevaste
los orgasmos que dejaste
en mi cama”.
Carla: - ¡Ya… basta! Suficiente! me tengo ir…
Yo: - Bueno… ándate.
El Adiós definitivo
Gracias por acudir a la cita. Pensé que no te ibas a juntar conmigo, pues como no me contestabas el teléfono creí que te habías arrepentido. Pero no, me equivoque, ¡que bueno! Al principio estaba ansioso por el encuentro. De repente llegaste. Eras tú, en cuerpo y alma. Eras tú la que tanto quise, aquella por la que me consumí lentamente. La que no veía desde hace mucho tiempo. Llegaste, te abracé, y mis brazos recordaron tu cuerpo. ¿Dónde vamos? Te pregunté. Era curioso hace tanto tiempo que no te veía, pero parecía que te había visto hace poco. ¿Sería por tanta vida compartida? ¿Sería porque te quise demasiado? No lo sé. La cosa es que no sabía muy bien que decirte, no atinaba. Pero hablaba para que no te aburrieras. Sin embargo, no sabía si mi verborrea te aburriría más todavía que mi silencio.
Quise llevarte al restorán más bonito que quedara cerca de tu casa. De repente estabas sentaba frente a mí comiendo sushi y poniendo caras extrañas por el sabor, sobre todo cuando comiste los pétalos de jengibre. Me dio alegría, porque igual te reías. Y a pesar de tus reclamos creí que la estabas pasando bien. Me insistías en que te hablara, pero yo no sabía que decir. ¿Y qué te podía decir? Pensé en preguntarte porque te fuiste la última vez. Pero para qué… ya no tiene asunto. O decirte: estás tan hermosa como siempre. Si ya lo sabes, siempre has sabido que eres hermosa. O preguntarte ¿estás con alguien? ¿Estás enamorada? La verdad prefiero no saberlo. O contarte que cuando te fuiste anduve triste mucho tiempo, tanto que se notaba en mi ropa: siempre de gris. Para que contarte eso. Era mi pena. Sólo mía. Por eso solamente hablaba de cosas que seguramente no te interesaban.
Bueno el sushi no te gustó mucho, al jugo de frutas le faltaba azúcar, pero el kisch te gustó, aunque lo encontraste seco. Siempre reclamabas, esta no fue la excepción. Pero me hizo gracia. Te quisiste ir. Te llamaron al celular. Yo respeté tu decisión. A fuera la noche estaba tibia. Muy adecuada para caminar. En ese trecho no hablaba, mientras me acordaba de los días en que salíamos a caminar. Esos fueron muy buenos momentos. Me vino una nostalgia que pensaba que ya no existía. Por eso simplemente preferí guardar silencio. El camino se hizo demasiado corto hacia tu casa. En la esquina te despediste. Te di un abrazo, un abrazo que intenté llevarme conmigo. Pensaba mientras te abrazaba que quizás no te volvería a ver nunca más… Te fuiste segura, te despediste alegre. Yo sentí pena, debo ser sincero. Pero no te la mostré. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido, que quedó, sin quererlo, esta nostalgia.
Caminaste segura, me volteé para ver como te perdías. Te perdiste y yo otra vez recordé lo mucho que perdí cuando te fuiste…
Una sorpresa
Desde ese tiempo a esta parte ya sólo te veía en mis sueños. Ya casi se había oxidado el recuerdo de tu cuerpo. Pero un día en Atocha yo miraba las escaleras esperando ver a alguien conocido, cuya compañía iluminara la pereza oscura de esas horas. Y por sorpresa apareciste. Salí a tu encuentro y te dije: ¡Qué hace aquí en Madrid! Y antes de que contestarás te dije: No me digas nada. Sólo déjame abrazarte...


5 comentarios:
Abrázame?
Hola , es la historia de una chica con ¿Sordera?
Sí, efectivamente era sorda, porque no hay peor sorda que la que no quiere oír.
" Y no hay peor ciego que el que no quiere ver "
Y A quien madruga Dios le ayuda? Jajaja
Sólo abrázame...
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